
“Va a volver a matar”. Lo dice Edgardo Aló que está con botón antipánico y el femicida debe estar a más de 300 kilómetros de distancia.
Hace diez años, cuando dio entrevistas desde la cárcel de Campana, Fabián Tablado -hoy de 46 años- aceptaba contar lo inevitable: qué pasó el 27 de mayo de 1996, cuando mató con alevosía de 113 puñaladas a su novia Carolina Aló, de 16 años, en una casa de Tigre.
En ese momento, se ponía colorado. Tosía. Tartamudeaba. Como si quiera salir corriendo. Luego decía que había perdido la cabeza. Por celos. O porque ella iba a dejarlo. Que sintió que algo maligno lo poseía en ese bestial femicidio. Que estaba arrepentido.
Pero el 8 de enero, cuando Infobae le hizo la misma pregunta, se quedó en silencio.
-¿Ya no quiere hablar de ese día horrendo?
-Hablé varias veces. Y es un hecho lleno de horror del que me arrepentiré toda la vida. Haber matado a una chica llena de vida me sigue atormentando. Ahora busco reivindicarme y volver a la sociedad. En paz.
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Tablado se convirtió en el oscuro símbolo de los femicidas y al mismo tiempo en prisión recibía cartas de admiradoras. Salió libre el 28 de febrero de 2020 luego de que la Sala III de la Cámara Penal de San Isidro lo condenara a 24 años de cárcel por el delito de homicidio simple, casi dos décadas antes de la llegada de la figura del femicidio al Código Penal. Por entonces los medios hablaban de drama pasional, crimen pasional o “la mató por celos”.
Su defensa intentó demostrar que Tablado actuó sin pensarlo, cegado y con desesperación. Pero la Justicia determinó que fue un plan. Que iba a matarla.
Los peritos determinaron que Tablado pudo haberse arrepentido. Que no fue un acto inconsciente de locura. Se le rompía un cuchillo y en vez de parar, iba a buscar otro. Usó cuatro.
En la actualidad hubiese sido condenado a perpetua. No fue su único delito. En 2012 cumplió una condena de dos años y medio por amenazar a la mujer con la que tuvo mellizas.
El asesinato fue atroz. Narrar los detalles es entrar en un camino tenebroso. Edgardo Aló, el padre de Carolina, recorrió desde el día del femicidio los tribunales y organizó marchas contra Tablado.
Ese día, recuerda, fue a buscar a su hija a la escuela porque no volvía a su casa. “Hasta que fui a la casa de la hiena Tablado y me encontré con muchos patrulleros en la puerta y una ambulancia. Entré y vi a su madre. Le pregunté qué había pasado. ‘Nada, nada’, me respondió. Luego salió un hombre de sobretodo, me abrazó y me dijo: “Pasó una tragedia”. Pensé lo peor. Y no me equivoqué. Me di cuenta de que algo había pasado con Carolina. No me decían nada. Y un perito sin tacto dice: ‘Conté hasta 80′. Le pregunté que quería decir. Se puso pálido. No sabía que era el padre de Carolina. Y ahí me enteré lo de las 113 puñaladas”.

A 27 años del asesinato, Tablado está libre -si bien tuvo que abandonar cinco ciudades porque los habitantes lo escrachaban y los políticos lo declaraban persona no grata- y Aló pienso lo mismo de siempre: “Esta lacra puede volver a matar. A una mujer, sin dudas. O a mí o a mi familia. Ya violó la perimetral en su momento y tuvo que alejarse 300 kilómetros de mí. Ando con botón antipánico. Y lo habría hecho otra vez el 15 de febrero de 2022. Sin la tobillera y violando la perimetral cerca mío. Hay dos testigos y el lunes 29 se investigará a través del reconocimiento de rostro. Si se comprueba sería reincidente por tercera vez. Por un año más la Justicia de San Isidro renovó las restricciones. Su apelación fue rechazada”, dijo Aló.
Esta causa empezó cuando el 19 de octubre de 2020, Tablado violó la perimetral mientras paseaba con sus mellizas por la calle. Llevaba ocho meses libre y fue captado por las cámaras del Centro de Operaciones de Tigre caminando por el puente Sacriste, a una cuadra y media de la Dirección Nacional de Migraciones de Tigre, donde trabaja Edgardo Aló
En enero, Tablado habló en exclusiva con Infobae. “Me siento perseguido. Cumplí condena. No puedo prohibirme o desterrarme de cada ciudad a la que voy. Y jamás le haría daño al señor Aló, que me odia. Que no se sorprendan si salgo a la calle y me linchan”, se descargó.

Está en un centro que contiene a ex presos y a personas en situación de calle. Allí se hizo amigo de un pastor.
Para Aló, Tablado es un peligro para la sociedad.
“Es un traicionero psicópata. No se arrepiente de nada. En su momento dijo que eran celos. Que mi hija lo engañaba. Mentiras. La mató porque ella quiso dejarlo porque él la maltrataba. Ella era solidaria, con mucha luz, ayudaba a la gente y por desgracia se encontró con esta basura humana que es sádico, perverso y disfruta con el dolor del otro. De mi hija llegó a decir: ‘Es mía o de nadie’. Y tendría que haber estado más años en la cárcel. Pero hubo cosas raras y salió antes”.
Tablado asegura que quiere hacer el bien. Que está de novio. Que quiere volver a ver a sus hijas. Y que hasta hizo cursos sobre perspectiva de género.
Aló es determinante: “Ahora en esa fundación de Virasoro, Misiones, donde se dedica a reclutar a asesinos, ladrones y drogadictos. Y cobra del Estado misionero. Es una secta pastoral llamada Filipus”.

El asesino no piensa darse por vencido. “Por más que me prendan fuego, me ahoguen en el mar o en el río, me corten en pedacitos, me maten a tiros o a palazos, voy a caminar por donde quiero porque soy libre y puedo ir adonde quiera según dice el artículo 14 de la Constitución Nacional”.
Hasta enero, y durante seis meses, lo escracharon para alejarlo de ciudades o lo declararon persona no grata (en algunos municipios no está oficializado o aún no fue declarado porque no es un proceso rápido) en Tigre, San Fernando, San Isidro, Partido de la Costa, Florencio Varela, Ciudad de Buenos Aires, Cañada de Gómez, Bel Ville, San Clemente del Tuyú, Santa Fe, Corrientes y Posadas.
“Carolina era una chica feliz, sonriente, este canalla miente cuando dice que se arrepiente”; dice Aló y muestra un afiche con Carolina tal cual la describe. La fecha del femicidio se convirtió en el Día de la prevención de noviazgos violentos. Y una Fiscalía de la Mujer llevará el nombre de Carolina Aló.
Para Tablado no hay olvido ni perdón. La sombra de su acto imperdonable lo persigue hasta hoy. Y quizá por el resto de sus días.
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